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Amar esta Vida

Churchill llamó “la mujer más extraordinaria del siglo XX” a una sencilla mujer que nació a finales del siglo XIX en un pueblo de Estados Unidos, Helen Keller. A través de su testimonio y experiencia de vida, tanto en el nivel personal como en el profesional, esta mujer dejó un gran legado para la humanidad. El legado de esta mujer, que trascendió más allá de las fronteras de su país natal, se debió principalmente a su tenacidad, fe y valentía que, en un primer momento, una maestra supo transmitir a una niña de apenas 7 añitos quien, más tarde, entendió que dichas cualidades serían esenciales para el resto de su existencia ya que tuvo que enfrentar la asombrosa contrariedad que la vida le presentó, misma que le sirvió de plataforma y medio para ponerla al servicio de los demás. Helen se graduó, con honores, de Licenciada en Artes, en Radcliffe College, en 1904. En su vida profesional llegó a ser escritora, activista y una gran oradora. Llegó a hablar cuatro idiomas, además de su lengua natal, el inglés: se comunicaba en francés, alemán, latín y griego. Viajó por todo el mundo llevando un mensaje de fe y esperanza. Una de sus grandes cualidades fue ver claramente en el interior de las almas de las personas y saber escuchar con claridad la lucha y el sufrimiento de las personas afectadas por la pobreza, la discriminación, las discapacidades y las guerras. Sus reflexiones y pensamientos se convirtieron en sencillos faros de verdad para todas las personas que todavía se esfuerzan por alcanzar los objetivos que ella propuso: una sociedad en la que cada persona, independientemente de sus circunstancias personales y de su estatus económico y social, tenga la oportunidad de aprender, desarrollarse, enfrentar los problemas, superar las dificultades y poder vivir pacíficamente en una comunidad. Considero que fueron varios los sucesos claves en la vida de Helen, que hicieron y siguen haciendo de esta mujer, aun en este siglo, un ejemplo digno de emular por hombres y mujeres. Estos sucesos fueron, por una parte, la actuación de sus padres; por otra, la de su maestra, Ana Sullivan; y finalmente, la disposición y personalidad de Helen para enfrentar la adversidad. Sus padres. Pensemos en los padres de Helen en 1882, en Alabama, Estados Unidos. Su hija, de apenas año y medio de edad sufre una rara enfermedad que la deja ciega y sorda. Tras cinco años de preocupación e impotencia de sus padres para encontrar la manera de ayudar a su hija, la madre de Helen descubre que existen lugares para ayudar a las personas ciegas y sordas. Alexander Graham Bell, el famoso inventor, puso a la familia en contacto con Michael Anagnos, director del Instituto Perkins para la Ceguera, de Boston. Fue él quien consiguió que su alumna más sobresaliente, Anne Sullivan, se trasladara a Tuscumbia, Alabama, para convertirse en maestra y tutora privada de Helen. “Si miramos las dificultades con valentía, se nos presentarán en forma de oportunidades.” (Keller, 1932). Su maestra. Anne Sullivan venía de un ambiente humilde, había perdido la visión cuando tenía cinco años y había sido abandonada en una casa de escasos recursos económicos. Más tarde fue acogida por el Instituto Perkins para la Ceguera donde, después de dos operaciones, recuperó su visión. Con determinación, compasión y pasión Anne literalmente tomó a Helen de la mano y la llevó por la vida. El primer paso para comunicarse con Helen fue vencer su agresividad con firmeza y paciencia. Le enseñó el alfabeto manual, a leer y escribir en Braille, y a leer los labios de las personas tocándoselos con sus dedos y sintiendo el movimiento y las vibraciones. Anne interpretaba en las manos de Helen lo que los profesores decían en clase y lo transcribía en libros utilizando el Braille. No fue sino hasta años después que, con la ayuda de la técnica de un profesor de voz y el apoyo de Anne, Helen pudo finalmente hablar de manera clara. “Desde el momento que me cogió la mano en el umbral de mi casa, ella no sólo ha sido mis ojos y mis oídos, sino también la luz en todos los lugares oscuros, un puente entre la vida del mundo y yo.” (Keller, 1922) Ella misma. Desde pequeña, Helen demostró que tenía una mente ágil y la alegría vital propia de los pequeños. Después de quedar ciega y sorda comenzó a descubrir el mundo usando sus otros sentidos: tocaba y olía todas las cosas que encontraba a su alrededor y sentía las manos de otras personas para ‘ver’ lo que hacían y trataba de imitar sus movimientos. A los 7 años de edad había inventado 60 signos diferentes que le permitían comunicarse con su familia; sin embargo, al no poder expresarse ni entender correctamente su frustración y su rabia iban en aumento, por lo que se convirtió en una niña salvaje, revoltosa y muy agresiva. Fue entonces cuando llegó a su vida Anne Sullivan, su maestra, tutora y amiga, quien le acompañó durante su vida hasta la muerte de Anne. Helen publicó su primer libro, "La historia de mi vida", en 1902. Su empeño principal fue superar sus limitaciones sensoriales; fue optimista ante la vida y se dedicó a lo que realmente amó en su vida: servir a los demás, con el fin de dejar este mundo un poco mejor de como lo había encontrado. Helen murió a los 88 años de edad, dejando un legado maravilloso sobre la fuerza del espíritu y el pensamiento humanos, asiento de las ideas, sueños y frases que dan sentido a la vida. “Dios nos ha dado una tarea a cada uno, que podemos hacer mejor que nadie. Tenemos que descubrir cuál es esa tarea y cómo podemos hacerla lo mejor posible.” (Keller, 1921)

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